LEYENDA EL FANTASMA DEL MAESTRE.
Cuando se
vive en una ciudad tan monumental como
Toledo, donde la historia se hace realidad en cada esquina, y donde el paso del
tiempo ha sido detenido para que cristianos, judíos y árabes puedan volver a
vivir armoniosamente juntos respetando cada uno de ellos el dios del otro, es
fácil sentir un poco de miedo cuando se camina a altas horas de la noche por
las estrechas calles de la ciudad. Parece como si uno fuese cruzándose con las
almas de las personas que allí vivieron antaño.
Y eso fue
lo que le ocurrió a Juan. Mientras avanzaba a medianoche por la Plaza del
Silencio. Sentía miedo. Quería llegar cuanto antes a la protección de su piso.
Le faltaba tan solo recorrer unos ochenta o noventa pasos cuando, de pronto y
sin esperarlo, surgió ante él la gigantesca figura de un caballero templario.
Juan paró su marcha en seco y miró fijamente aquella figura que tenía delante. Era un hombre de gran estatura, barbudo, vestido con un hábito blanco, en cuya pechera destacaba la cruz ochavada que había sido en otro tiempo el amado distintivo de los caballeros templarios. Iba armado con una gruesa espada que llevaba prendida por medio de un tahalí al deslucido correaje de cuero de su cintura.
Con una voz
que parecía arrancada de un trueno, el templario preguntó:
-
¿Sabéis dónde se encuentra la iglesia de
San Miguel?
-
Sí – contestó Juan.
-
Podéis llevarme.
Juan estaba
asustado. No comprendía lo que le estaba ocurriendo. Creyó que corría peligro;
pensó que era un atracador. Tuvo la idea de salir corriendo, de gritar… Pero
sabía que, de hacerlo, el gigante le daría caza y lo abatiría con su potente
espada. Miró en derredor suyo con ánimo de pedir socorro, pero no había nadie
en la plaza. Se sobrepuso y pensó que lo mejor sería seguirle la corriente al
extraño.
-
Tendré mucho gusto, señor, en llevarlo a
la iglesia de San Miguel.
-
¡Gracias a Dios1 – suspiró el templario
con satisfacción.
-
Sígame – exclamó Juan.
El
gigantesco templario se situó junto a Juan y comenzaron a andar en dirección a
la iglesia de San Miguel.
Al poco, Juan y el templario llegaron a la puerta de la iglesia.
-
Llamad a la puerta y anunciad a mi gente
que acabo de llegar de un largo viaje – pidió el templario -. Soy el maestre y
hace ya mucho tiempo que mis queridos hijos esperan mi presencia para ser
liberados del servicio que les encomendé antes de morir.
-
Bien – respondió Juan, que no quería
contrariar al gigante porque creía que era un loco.
Llamó a la
puerta. Abrió un uniformado templario que llevaba una vela casi consumida en la
mano.
-
Le traigo a su maestre – dijo Juan.
-
¡Al fin! – contestó el templario -. Voy a
llamar a mis hermanos.
Unos
minutos más tarde regresó el templario que había abierto la puerta acompañado
de doce más, y todos ellos se arrodillaron ante el gigantesco maestre. Este,
poniendo la mano sobre sus cabezas, los bendijo y les declaró solemnemente:
-
Quedáis liberados del servicio que os fue
encomendado por mí. Entregad a este honrado ciudadano el tesoro que habéis
estado custodiando. Él se encargará de entregárselo de una forma anónima a los
Hermanos Maristas de Toledo para que puedan engrandecer la labor que llevan a
cabo los seis que hoy se dedican, con muy pocos medios, a dar educación y
alimento a los huérfanos que recogen por las calles.
Esto
ocurrió en el año 1903, y los Hermanos Maristas vivían muy pobremente. Poseían
una vieja casa en la calle del Locúm, en Toledo. Una casa estrecha, cuyas
paredes rezumaban humedad y donde, en invierno, se helaban hasta los pájaros.
Un día, y según se cuenta, recibieron la visita de un anónimo visitante que les dejó un extraño cofre de hierro algo estropeado por el pasar de los años. Los hermanos no supieron que contenían el cofre hasta que el extraño visitante, sin dar más explicaciones, se marchó.
A partir de
ese día los Hermanos Maristas, que servían bajo la advocación de Santa María,
comenzaron a espumar de tal forma, que en el año 1916 ya pudieron hacerse cargo
del colegio de huérfanos militares “María Cristina”, de cuyas filas salieron
oficiales tan justos y equilibrados, que la gente les puso por sobrenombre los
nuevos caballeros templarios.
Bibliografía:
Leyenda
representada en el libro La verdadera historia de la Orden del Templo de
Jerusalén de Antonio Galera Gracia.
Tomada y
compuesta por el autor de la tradición oral.




