1 de julio de 2026

Leyenda El Fantasma del Maestre

 

 

     LEYENDA EL FANTASMA DEL MAESTRE.

    Cuando se vive en una ciudad tan  monumental como Toledo, donde la historia se hace realidad en cada esquina, y donde el paso del tiempo ha sido detenido para que cristianos, judíos y árabes puedan volver a vivir armoniosamente juntos respetando cada uno de ellos el dios del otro, es fácil sentir un poco de miedo cuando se camina a altas horas de la noche por las estrechas calles de la ciudad. Parece como si uno fuese cruzándose con las almas de las personas que allí vivieron antaño.

     Y eso fue lo que le ocurrió a Juan. Mientras avanzaba a medianoche por la Plaza del Silencio. Sentía miedo. Quería llegar cuanto antes a la protección de su piso. Le faltaba tan solo recorrer unos ochenta o noventa pasos cuando, de pronto y sin esperarlo, surgió ante él la gigantesca figura de un caballero templario.

  



  Juan paró su marcha en seco y miró fijamente aquella figura que tenía delante. Era un hombre de gran estatura, barbudo, vestido con un hábito blanco, en cuya pechera destacaba la cruz ochavada que había sido en otro tiempo el amado distintivo de los caballeros templarios. Iba armado con una gruesa espada que llevaba prendida por medio de un tahalí al deslucido correaje de cuero de su cintura.



     Con una voz que parecía arrancada de un trueno, el templario preguntó:

-         ¿Sabéis dónde se encuentra la iglesia de San Miguel?

-         Sí – contestó Juan.

-         Podéis llevarme.

     Juan estaba asustado. No comprendía lo que le estaba ocurriendo. Creyó que corría peligro; pensó que era un atracador. Tuvo la idea de salir corriendo, de gritar… Pero sabía que, de hacerlo, el gigante le daría caza y lo abatiría con su potente espada. Miró en derredor suyo con ánimo de pedir socorro, pero no había nadie en la plaza. Se sobrepuso y pensó que lo mejor sería seguirle la corriente al extraño.

-         Tendré mucho gusto, señor, en llevarlo a la iglesia de San Miguel.

-         ¡Gracias a Dios1 – suspiró el templario con satisfacción.

-         Sígame – exclamó Juan.

     El gigantesco templario se situó junto a Juan y comenzaron a andar en dirección a la iglesia de San Miguel.

 

 


   Al poco, Juan y el templario llegaron a la puerta de la iglesia.

-         Llamad a la puerta y anunciad a mi gente que acabo de llegar de un largo viaje – pidió el templario -. Soy el maestre y hace ya mucho tiempo que mis queridos hijos esperan mi presencia para ser liberados del servicio que les encomendé antes de morir.



-         Bien – respondió Juan, que no quería contrariar al gigante porque creía que era un loco.

     Llamó a la puerta. Abrió un uniformado templario que llevaba una vela casi consumida en la mano.

-         Le traigo a su maestre – dijo Juan.

-         ¡Al fin! – contestó el templario -. Voy a llamar a mis hermanos.

     Unos minutos más tarde regresó el templario que había abierto la puerta acompañado de doce más, y todos ellos se arrodillaron ante el gigantesco maestre. Este, poniendo la mano sobre sus cabezas, los bendijo y les declaró solemnemente:

-         Quedáis liberados del servicio que os fue encomendado por mí. Entregad a este honrado ciudadano el tesoro que habéis estado custodiando. Él se encargará de entregárselo de una forma anónima a los Hermanos Maristas de Toledo para que puedan engrandecer la labor que llevan a cabo los seis que hoy se dedican, con muy pocos medios, a dar educación y alimento a los huérfanos que recogen por las calles.

     Esto ocurrió en el año 1903, y los Hermanos Maristas vivían muy pobremente. Poseían una vieja casa en la calle del Locúm, en Toledo. Una casa estrecha, cuyas paredes rezumaban humedad y donde, en invierno, se helaban hasta los pájaros.

 


    Un día, y según se cuenta, recibieron la visita de un anónimo visitante que les dejó un extraño cofre de hierro algo estropeado por el pasar de los años. Los hermanos no supieron que contenían el cofre hasta que el extraño visitante, sin dar más explicaciones, se marchó.




     A partir de ese día los Hermanos Maristas, que servían bajo la advocación de Santa María, comenzaron a espumar de tal forma, que en el año 1916 ya pudieron hacerse cargo del colegio de huérfanos militares “María Cristina”, de cuyas filas salieron oficiales tan justos y equilibrados, que la gente les puso por sobrenombre los nuevos caballeros templarios.

 

     Bibliografía:

   



  Leyenda representada en el libro La verdadera historia de la Orden del Templo de Jerusalén de Antonio Galera Gracia.

     Tomada y compuesta por el autor de la tradición oral.